Si vienes sin mucho tiempo, permíteme que te recomiende:
Ni tanto y Autobiografías Son los que más me gustan.
Además hay una pequeña serie que me entretiene bastante: Relatos del General
Por último, te invito a seguir el juego, si quieres como un comentario, si quieres en otro lugar: Despertares
Varias personas me han comentado que sus preferidos son:
Ultimas voluntades y Personajes Históricos V que, por cierto, a medida que me alejo de éste último me va gustando más.
Y si has llegado hasta aquí buscando nanorrelatos sólo porque el nombre del blog es NANORRELATOS, te dejo aquí algunos reunidos: Nanorrelatos

miércoles, 13 de abril de 2011

El día en que murió Benito C.

Me gusta, cuando viajo a grandes ciudades, dedicar un día a caminar sin rumbo. Dejo entonces en el hotel cámaras, mochilas, guías, bolsas, teléfonos y monto en cualquier transporte hasta apearme en un lugar desconocido desde donde comienzo a caminar simulando tener un destino: entro en tiendas donde no esperan turistas, como carpinterías o pequeños colmados, de vez en cuando saludo, alzando ligeramente la barbilla, a algún peatón que me responde con el mismo gesto y con mirada sorprendida y paro a comer un menú sencillo simulando tener prisa por volver a la oficina. Me gusta pensar, aunque sé que no es cierto, que así palpo el ambiente más real de la ciudad.
En aquella visita a Barcelona también lo hice. Compré papel de lija del tres y una docena de tornillos y tuercas, saludé a toda señoraconcarrodelacompra con la que me crucé,  y comí en un bar con olor a fritura y sonido de tragaperras. Después pasé por el Mercado de la Boquería y tuve que esforzarme para no entrar porque imaginé que serían  pocos los barceloneses que lo hacen por la tarde entre semana. Cuando el sol comenzó a caer, llamé desde un teléfono público a mi amigo David con quien había quedado para cenar y le dije que estaba en un locutorio de la calle D´en Robador. Recuerdo que me preguntó qué hacía en el Rabal y me dijo que no me moviera de allí, que pasaría a buscarme.
Me dirigí entonces al muchacho para que me cobrara la llamada y me asignara un ordenador. Por desgracia, debido a mi trabajo, es algo de lo que no puedo desconectarme. Entonces encontré el correo de mi hermana con título "Leelo urgente". Me decía que no le gustaba que me enterara así, pero que llevaban todo el día llamándome y que no respondía al móvil. Después había un punto y aparte y en la línea inferior sólo ponía Padre ha muerto. Otro punto y aparte y un Llama.
Son curiosas nuestras reacciones en ciertos momentos. Quizá lo normal habría sido llorar pero yo no sentí pena. Me desagrada reconocerlo, pero fue así. Hubiera podido cerrar mi correo electrónico y haber abierto la página de algún periódico, hubiera podido cruzar a cualquier bar cercano y tomar una cerveza. Sólo sentía nostalgia de mi propio pasado.
La tristeza vendrá más tarde, me dije, molesto conmigo mismo, y quise grabar en la memoria todo lo que había a mi alrededor para, cuando llegara el momento, poder en mi imaginación trasladar hasta allí la pena aplazada y, quién sabe, quizá poder falsear mi recuerdo. Levanté la mirada por encima de la pantalla y me fijé en el local. Antes no lo había hecho. Había seis ordenadores y doce cabinas telefónicas, las conté, cada una en un cubículo de madera que habían construído, sin duda, los mismos propietarios del negocio. Había cinco relojes que marcaban las ocho y veinte en barcelona, las dos y veinte en Mumbay, las nueve y veinte en el cairo, las dos y veinte también en Lima y las tres y veinte en Guayaquil. Había un panel de corcho cubierto de anuncios escritos a mano, para compartir piso, para cuidar niños o ancianos. Había una máquina de refrescos y un paragüero también. 
El local estaba lleno, todos los teléfonos ocupados y gente esperando: magrebíes, subsaharianos, paquistaníes o índios, europeos del este. Todos gritaban al auricular con una sonrisa en la boca y con quebranto en la mirada. Un gran coro de voces entrelazadas, enrolladas, ininteligibles.
Y entonces, quizá habían pasado diez minutos, la tristeza llegó y me produjo alivio. Sentía caer las lágrimas por mi rostro. Una mujer joven, africana, me observaba sentada en su cabina. Había dejado de hablar y con su mirada, casi roja de tan negra, acariciaba mi llanto. Sus labios seguían sonriendo, la misma sonrisa de los demás, fingida para los suyos que estaban al otro lado del teléfono.
Y por un momento, quizá menos de un segundo, lo juro, entendí todos los idiomas del mundo.

4 comentarios:

Patricia dijo...

Muy buen cuento Hugo!!!!
Hay un grupo, se llama ImaginArte Relato Breve, donde se publican cuentos cortos como este, no micros. Si te interesa fijate en mi blog, al costado en una lista de enlaces, vas a encontrar el acceso directo. Puedo hablar con la organizadora.
Enhorabuena por esta magnífica pieza.

vittt dijo...

chico. cierto o no, el cuento respira verdad por cada poro. ahí va mi sombrero.

Bertobgood dijo...

Vittt tiene razón. Huele a realidad. Y aparte de de ser una magnífica narración, describe sensaciones y emociones que todos reconocemos.

Sibreve dijo...

PAtricia: Muchas gracias por tu magnificencia siempre al juzgar mis escritos. He estado echando un ojo a ImaginArte y no tengo del todo claro que encajara ahí. Cada día estoy menos gregario, Patricia. Gracias.
Vittt: Qué respire verdad supongo que es algo bueno. La ficción debe resultar creíble incluso cuando hablas de un marciano tratando con un fantasma en la antártida. No tiene por qué ser verosímil, pero sí creíble, no sé si me explico. Lo de los sombreros, mejor cada cual se quede el suyo, que si no voy a acabar con números rojos también en sombreros, y no es plan :D:D:D.
Berto: Muchas gracias. Fíjate que hay algo que no me acaba de encajar, y creo que antes o después lo acabe dando una vuelta. Por lo demás, supongo que sí tiene algo de verdad, no la situación, todo es inventado salvo que uno de mis mejores amigos es de Barcelona y se llama david, y que mi padre se llama Benito C., el resto todo ficción. Pero esos sentimientos no son del todo inventados, como tú dices, todos los reconocemos y supongo que muchos los hemos sufrido alguna vez.
Abrazos a los tres y gracias por los comentarios, en este relato que me va convenciendo poco a poco, a pasucos.