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domingo, 12 de septiembre de 2010

Autobiografías

Todos conocíamos sus historias en el psiquiátrico. Y digo sus historias porque repetía una y otra vez, como un disco sin fin, el relato de sus vidas pasadas. Siempre en el mismo orden cronológico, a un oyente al que seguía con la mirada pero invisible para todos los demás.
"En mi primera vida me llamé Cayo Mario, ingresé en el ejército como legionario en cuanto cumplí los dieciséis años, participé en varias batallas en las provincias de Oriente. Gané prestigio junto a Cneo Pompeyo en sus incursiones en las tierras de sirios y salvé su vida poco antes de la deposición de Antíoco Asiático.

Ayudado por un el cónsul agradecido y de su mano llegué a ser Tribunos Cohors Pretoriae. Morí en la batalla de Ilerda, como muchos otros de mis compañeros, honorablemente, antes de que Pompeyo se rindiera a César. Volví a nacer entre francos. Me llamaba simplemente Arnulfo. Una mañana fría llegó a nuestra aldea un hombre pequeño, enjuto y de larga barba, que arrastraba una multitud de hombres, mujeres y niños humildes. Se le conocía como Pedro el Ermitaño. Habló en la aldea y no fuimos pocos los que nos unimos a su Cruzada. Atravesamos tierras germanas, húngaras y las montañas Balcanes, siempre pensando que al día siguiente alcanzaríamos Jerusalén. Robábamos ganado y saqueábamos aldeas para alimentarnos. Llegando a Constantinopla contábamos casi con veinte mil almas y el emperador griego nos facilitó naves para cruzar el Bósforo. Volví a morir en una emboscada que los selyúcidas nos tendieron cerca de la ciudad de Nicea. Me nacieron por tercera vez en Creta, allá por el año de mil cuatrocientos ochenta y cuatro, dándome el nombre de Pedro de Candía. Mis padres fueron asesinados por turcos otomanos y crecí junto a mi tío Manuel de Candía, en Italia, y finalmente llegué a Castilla, donde emprendí vida en el ejército. Participé en la conquista de Orán, el sitio de Bugía y entre con las tropas tras la rendición de Trípoli. Viajé a América junto a Pedro de los Ríos cuando fue nombrado gobernador de Panamá. Junto a Diego de Almagro, con el que tuve gran amistad, participé en las tres incursiones de las tropas imperiales en Perú y junto a Pizarro, capturé a Atahualpa. En las disputas entre Almagro y Pizarro, tomé parte por el primero, y después serví a su hijo a la muerte del padre, hasta que en mil quinientos cuarenta y dos, en plena batalla en Chupa, estando yo al cargo de los diecisiete cañones que inexplicablemente erraban uno tras otro sus disparos, morí de nuevo a manos del propio Diego, que creyéndome traidor, me mató con una lanza. Nací de nuevo en tierras de Rusia, en mil setecientos setenta y ocho en Nizhny Novgorod, y me llamaron Dmitri Minin. Mis padres eran granjeros y yo el menor de ocho hermanos, así que desasistido y sin posible herencia, me alisté en el ejército. Formé como soldado de infantería en varias pequeñas batallas contra el imperio Otomano. Encontré mi final en la defensa de Moscú contra las tropas de napoleón, alcanzado por metralla, en el año mil ochocientos doce. Mi ante último nacimiento ocurrió en Inglaterra, en el año mil ochocientos ochenta y ocho, en Wikefield, en la comarca minera de West Yorkshire. Me llamaron Michael Bening. Fui reclutado en el año mil novecientos catorce y enviado al frente francés. Nunca, en ninguna de mis vidas anteriores, vi tanto horror. Las batallas duraban meses y los muertos eran cientos de miles. La vida en las trincheras no era digna de un perro siquiera. Participando en el frente de Somme, en mil novecientos dieciséis, morí de nuevo. Bajo un cielo que en ocasiones se cubría de proyectiles fui víctima, paradójicamente, de una disentería. En mi primera vida me llamé Cayo Mario..."
Una y otra vez, como un disco sin fin, desde hacía al menos seis años que ingresó en el psiquiátrico.
Aquella tarde soleada yo lo escuchaba de fondo, sin prestarle atención. Su voz sonaba dentro de mí con un ritmo litúrgico, como el murmullo de las oraciones descoordinadas en una iglesia sin misa. Hasta que dejé de oírle. Tardé un tiempo en darme cuenta de que había callado. Ni siquiera sé dónde decidió dejar su enésima historia. Me giré para ver si seguía a mi espalda y sí, allí estaba, mirándome. Se levantó y me dijo, muchas gracias, buenas tardes, y se fue a su habitación. Aquella noche bloqueó la puerta, hizo una pila con la ropa de cama, el colchón y los muebles de madera, y le prendió fuego.
Según los médicos se suicidó sin motivo alguno. Estaba tan desequilibrado que no necesitaba razón según ellos.
Yo, en cambio, creo que no pudo soportar el remordimiento de tantas vidas matando. Su vida acabó el diecinueve de mayo de mil novecientos noventa y siete, víctima de muchas batallas inconexas.
Su última vida, espero.

2 comentarios:

Patricia dijo...

No sé si te has informado o sos docente, pero el modo que fusionás la historia, esa historia que entendemos verdadera, con la literatura es extraordinario.
El personaje toma una sabia decisión, ahora podrá descansar.

Me alegra que decidieras sugerir este cuento, continuaré leyendo tus sugerencias.

Sibreve dijo...

Me alegra que te guste, Patricia. La verdad que con este relato me pasó algo curioso: cuando lo acabé de escribir no me gustó demasiado porque se separaba de la idea inicial. Después, con el tiempo, me ha ido gustando más. Ahora que la lejanía en el tiempo es suficiente para que me parezca que no es mío, vengo a veces a releerlo con gusto.