Si vienes sin mucho tiempo, permíteme que te recomiende:
Ni tanto y Autobiografías Son los que más me gustan.
Además hay una pequeña serie que me entretiene bastante: Relatos del General
Por último, te invito a seguir el juego, si quieres como un comentario, si quieres en otro lugar: Despertares
Varias personas me han comentado que sus preferidos son:
Ultimas voluntades y Personajes Históricos V que, por cierto, a medida que me alejo de éste último me va gustando más.
Y si has llegado hasta aquí buscando nanorrelatos sólo porque el nombre del blog es NANORRELATOS, te dejo aquí algunos reunidos: Nanorrelatos
Ni tanto y Autobiografías Son los que más me gustan.
Además hay una pequeña serie que me entretiene bastante: Relatos del General
Por último, te invito a seguir el juego, si quieres como un comentario, si quieres en otro lugar: Despertares
Varias personas me han comentado que sus preferidos son:
Ultimas voluntades y Personajes Históricos V que, por cierto, a medida que me alejo de éste último me va gustando más.
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miércoles, 14 de diciembre de 2011
Revisión del mito de Ícaro II
Todo comenzó con un grito al que se sumaron miles, cientos de miles, quizá millones de gritos. Fuimos pocos los que salvamos la vida. La culpa no fue de ellos, es intrínseco en un joven querer contemplar horizontes cada vez más lejanos. Por eso todos aquellos Ícaros ascendieron y ascendieron, cada vez más cercanos al sol, hasta que la cera que les habían proporcionado para fabricar las alas comenzó a deshacerse. Sabíamos que ocurriría, pero nadie les avisó de ello.
Millones de Ícaros cayeron simultáneamente. Parecía que el cielo se desplomara. Y aquel grito, resultado de aunar millones de gritos...
Todos perecieron y, bajo ellos, los Dédalos que no hallaron donde protegerse. Mecidas por el viento, sobre el amasijo de carne informe en que tornaron los cuerpos, caían lentamente las plumas desprendidas, como si de una vivificación del Tártaro se tratara.
Como digo, sólo unos pocos salvamos la vida. Aquellos que acostumbramos, sabiamente, a habitar en los umbrales.
martes, 6 de diciembre de 2011
La caída.
Encontramos al anciano en la punta más oriental de la isla de Tricania. Por su actitud pensaría que busca en el mar, pero sé que el sol cegó su vista tiempo atrás. Me apena contemplar su pelo desmadejado, la túnica harapienta, el aspecto depauperado del que no hace mucho tiempo fue el arquitecto más celebrado en toda Grecia.
- Maestro, - le digo, - maestro.
No responde.
- Maestro, - insisto.
- No hay caso, - asegura mi acompañante.- Lleva años aquí, esperando que las mareas arrastren el cadáver de su hijo. Aquí duerme. Se alimenta de lo que le traen las almas caritativas, pero pasa días sin comer si nadie viene. No insista, créame. Tiempo atrás Ícaro murió en su caída al mar. El gran Dédalo aún sigue cayendo.
viernes, 2 de diciembre de 2011
Dos caminos paralelos.
Al principio, durante el desayuno, rozaba mi cara con su mano.
Me acariciaba. Nos acariciábamos.
Con el tiempo, pasó del contacto a las miradas.
Me miraba. Nos mirábamos.
Más tarde comenzó a contarme cotidianidades.
Me hablaba. Nos hablábamos.
Hace un año, mientras preparaba el café, encendió la radio.
La escuchaba. La escuchábamos.
El mes pasado cambió radio por televisión.
La miraba. La mirábamos.
Hoy, al despertar, encontré cambiada la distribución de los muebles.
Nuestras sillas tan cerca de la pantalla.
La tocó. La tocamos.
Me acariciaba. Nos acariciábamos.
Con el tiempo, pasó del contacto a las miradas.
Me miraba. Nos mirábamos.
Más tarde comenzó a contarme cotidianidades.
Me hablaba. Nos hablábamos.
Hace un año, mientras preparaba el café, encendió la radio.
La escuchaba. La escuchábamos.
El mes pasado cambió radio por televisión.
La miraba. La mirábamos.
Hoy, al despertar, encontré cambiada la distribución de los muebles.
Nuestras sillas tan cerca de la pantalla.
La tocó. La tocamos.
jueves, 24 de noviembre de 2011
Los libreros hacen extraños compañeros de balda.
Llosa, Infante, Cela, Benedetti y Borges. Compré el de Benedetti, ya leído. Lo imaginé incómodo en ese estante.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Descripción de realidad de inspiración pictórica.
martes, 22 de noviembre de 2011
Alegato
Antes azotaba mi memoria. Venía así, sin avisar siquiera, como un huracán violento; arrasaba los pensamientos, ideas, percepciones. Su recuerdo. Todo lo devastaba. Ahora puedo asegurar que he conseguido olvidarla.
En ocasiones, quizá, se cuela en los entresijos de la noche, pero fragmentada, como se nos aparecen en sueños las caras de los muertos.
Acá su sonrisa de ángel, allá su mirada invitante.
Después su lengua. Su lengua húmeda, su lengua que cimbrea. Su lengua prostibularia.
Su lengua de todos.
Su enorme lengua morada.
viernes, 4 de noviembre de 2011
Revolución
El templo se viene abajo, Maestre. Sólo el altar queda por hundirse. Resucitan los muertos con que cimentamos
viernes, 14 de octubre de 2011
La Hipótesis de Sapir-Whorf o el Relativismo Lingüístico
Hay pueblos esquimales que utilizan decenas de palabras refiriendose a la nieve.
Los tuaregs dicen arena de veintitrés formas distintas.
Los indígenas del amazonas distinguen multitud de colores que nosotros creeríamos verdes.
También el general y sus adláteres conocen cuarenta y siete maneras de nombrar el terror.
Los tuaregs dicen arena de veintitrés formas distintas.
Los indígenas del amazonas distinguen multitud de colores que nosotros creeríamos verdes.
También el general y sus adláteres conocen cuarenta y siete maneras de nombrar el terror.
martes, 11 de octubre de 2011
Historia Republicana.
Monarquía absoluta, les dijeron. Monarquía obsoleta, entendieron ellos.
Después ya no hubo quién se lo sacara de las cabezas.
Después ya no hubo quién se lo sacara de las cabezas.
lunes, 19 de septiembre de 2011
La ausencia
Ismail Salek y Appa Hallab caminaban rodeando el campamento, despacio, y con las miradas trataban de traspasar el horizonte, pero la vista no les llegaba más allá de donde las dunas se juntaban con el cielo. Lo único que alcanzaban a ver era arena.
Ismail Salek y Appa Hallab estudiaban geografía y comprendían sólo a medias. La profesora hablaba de los ríos y ellos los imaginaban, pero no entendían como el agua podía correr por siempre, ni por qué la arena no absorbía el caudal y lo secaba. Los peces eran alacranes y aves que buceaban contra corriente.
Ismail Salek y Appa Hallab abandonaban el campamento cuando los demás jugaban al fútbol. Preferían caminar hasta la Gran Duna, que estaba a poco más de una hora. Llegaban hasta allá, subían y después bajaban sentados, corriendo, rodando, dando los mayores saltos. Y volvían a subir y a bajar, una y otra vez, hasta que les dolían las piernas. Otras veces tan solo se sentaban en lo alto, disfrutaban del silencio y escrutaban las formas de nuevos horizontes. Appa siempre quería subir la siguiente duna.
Ismail Salek y Appa Hallab soñaban con tocar la nieve. Habían oído hablar de Ibrahim Salek, primo de Ismail, que se fue a Canadá antes de que ellos nacieran, pero no lo conocieron hasta que hace dos años volvió al campamento durante un mes. Ismail Salek y Appa Hallab estuvieron escuchándolo tardes enteras pero no se atrevieron a hablar con él hasta que un día le preguntaron cómo era la nieve de la que hablaba. Desde entonces, Ismail y Appa la imaginaron como una arena fría y blanca que desaparecía con el calor. Canadá en verano, pensaba Appa, será un gran río.
Ismail Salek y Appa Hallab siempre escuchaban. Les gustaba que el hombre más anciano les contara historias remotas de cuando aun no habían nacido y sus ancestros eran los señores del Sahara. Vestían de azul, les decía, y atravesaban el desierto montados en sus gigantes camellos. Ellos hacían propia la vida sin anclajes. Sentían vértigo a lomo de las enormes monturas. Cada noche sus haimas bajo cielos distintos, sobre distintos lugares. Appa miraba las estrellas.
Ismail Salek y Appa Hallab también oían las conversaciones de los hombres jóvenes. Se sentaban junto a ellos y fingían estar centrados en sus juegos, no hacer caso. Pero después hablaban sobre los marroquíes y sobre la tierra que les habían usurpado, y daban vueltas a cómo sería el pueblo del otro lado del desierto que se llamaba igual que su campamento. Se preguntaban si allá habría otra escuela como su escuela, otras dunas como sus dunas y otras haimas como sus haimas. A veces, incluso, jugaban a mirarse en el espejo de ella e imaginaban que la imagen que les devolvía eran un Ismail y una Appa, iguales pero distintos, que vivían al otro lado. Conversaban los cuatro.
Ahora no. Ahora Ismail ya no juega, apenas habla. Tan solo, de vez en cuando, mira el pequeño espejo que robó de casa de Appa cuando ella se fue. Busca por los extremos, lo inclina, trata de encontrar en el reflejo a la otra Appa. No puede.
Sólo ve al otro Ismail. Solo.
Pobre otro Ismail.
Ismail Salek y Appa Hallab estudiaban geografía y comprendían sólo a medias. La profesora hablaba de los ríos y ellos los imaginaban, pero no entendían como el agua podía correr por siempre, ni por qué la arena no absorbía el caudal y lo secaba. Los peces eran alacranes y aves que buceaban contra corriente.
Ismail Salek y Appa Hallab abandonaban el campamento cuando los demás jugaban al fútbol. Preferían caminar hasta la Gran Duna, que estaba a poco más de una hora. Llegaban hasta allá, subían y después bajaban sentados, corriendo, rodando, dando los mayores saltos. Y volvían a subir y a bajar, una y otra vez, hasta que les dolían las piernas. Otras veces tan solo se sentaban en lo alto, disfrutaban del silencio y escrutaban las formas de nuevos horizontes. Appa siempre quería subir la siguiente duna.
Ismail Salek y Appa Hallab soñaban con tocar la nieve. Habían oído hablar de Ibrahim Salek, primo de Ismail, que se fue a Canadá antes de que ellos nacieran, pero no lo conocieron hasta que hace dos años volvió al campamento durante un mes. Ismail Salek y Appa Hallab estuvieron escuchándolo tardes enteras pero no se atrevieron a hablar con él hasta que un día le preguntaron cómo era la nieve de la que hablaba. Desde entonces, Ismail y Appa la imaginaron como una arena fría y blanca que desaparecía con el calor. Canadá en verano, pensaba Appa, será un gran río.
Ismail Salek y Appa Hallab siempre escuchaban. Les gustaba que el hombre más anciano les contara historias remotas de cuando aun no habían nacido y sus ancestros eran los señores del Sahara. Vestían de azul, les decía, y atravesaban el desierto montados en sus gigantes camellos. Ellos hacían propia la vida sin anclajes. Sentían vértigo a lomo de las enormes monturas. Cada noche sus haimas bajo cielos distintos, sobre distintos lugares. Appa miraba las estrellas.
Ismail Salek y Appa Hallab también oían las conversaciones de los hombres jóvenes. Se sentaban junto a ellos y fingían estar centrados en sus juegos, no hacer caso. Pero después hablaban sobre los marroquíes y sobre la tierra que les habían usurpado, y daban vueltas a cómo sería el pueblo del otro lado del desierto que se llamaba igual que su campamento. Se preguntaban si allá habría otra escuela como su escuela, otras dunas como sus dunas y otras haimas como sus haimas. A veces, incluso, jugaban a mirarse en el espejo de ella e imaginaban que la imagen que les devolvía eran un Ismail y una Appa, iguales pero distintos, que vivían al otro lado. Conversaban los cuatro.
Ahora no. Ahora Ismail ya no juega, apenas habla. Tan solo, de vez en cuando, mira el pequeño espejo que robó de casa de Appa cuando ella se fue. Busca por los extremos, lo inclina, trata de encontrar en el reflejo a la otra Appa. No puede.
Sólo ve al otro Ismail. Solo.
Pobre otro Ismail.
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